Nunca me he puesto enferma de gravedad, ni me he torcido un tobillo, ni roto ningún hueso del cuerpo. Lo que más padezco son dolores de cabeza, pero tampoco son tan fuertes como para fastidiarme un día de viaje. De viaje nunca me había puesto enferma. Lo máximo que me había pasado era tener una diarrea, algo que en algunos países, como India, es totalmente normal, así que puedo decir que no me había puesto nunca enferma estando de viaje.

Hasta que pasa. En diciembre de 2017 estábamos de vacaciones familiares en Myanmar. Fue nuestra manera de celebrar que acababa de depositar la tesis y que mi padre cumplía 60 años.

El último día del viaje estábamos en Yangon. Estaba muy ilusionada con ese día porque había planeado un paseo por el centro y, sobre todo, porque íbamos a ir en el tren circular. Mi mayor ilusión del viaje. Poder llevar a mis padres a descubrir una parte de Myanmar menos turística, (ahora es bastante más conocido e incluso he leído que no dejan hacer fotografías) más rural, donde ver el día a día de la gente, con mercados a pie de vía. Lo que nos enamora de Asia.

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Niño de Myanmar

Fuimos a cenar nuestra penúltima noche, contentos y nos acostamos pronto para madrugar. En mitad de la noche me desperté con un dolor intenso en el estómago. No tengo recuerdos muy nítidos pero sé que llegué al baño como pude y vomité. Pero me seguía doliendo mucho, así que desperté a Silvia para que avisara a mi padre. Es médico. Al cabo de un rato, el dolor parecía que se iba aliviando, así que lo achacamos era un corte de digestión y, como pude, concilié el sueño.

Dormí fatal. El dolor se me subía a los omóplatos y cada vez que hacía un movimiento en la cama, veía las estrellas. Cuando me desperté, levantarme y moverme era un suplicio. Recuerdo insistir a mi madre y mi hermana para que fueran a visitar el tren circular y a hacer lo que teníamos planeado. Me sentía culpable por fastidiarles aquel día.

Como el dolor no remitía, llamamos al seguro para ir al hospital. Nos dijeron la clínica a donde ir y nos pusieron un taxi. A partir de aquí el día fue uno de los peores de mi vida y escribiendo estas líneas se me saltan las lágrimas. Sin embargo, si los birmanos nos habían robado el corazón con sus sonrisas, este día dejamos un trocito de nuestros corazones en este país, ya que hicieron que nuestro mal trago fuera un poquito menos duro.

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Mujer de Myanmar

Llegamos a la clínica y me atendió una doctora. Me palpo, le expliqué lo que me dolía, me examinó y me dijo que que seguramente sería un virus estomacal, que era normal. Mi padre no se debió quedar muy convencido porque pidió si me podían hacer una ecografía. Le dijeron que no había radiologo en ese día en la clínica. Entonces explicamos que mi padre era radiólogo y que si le dejaban, él me la podía hacer. Supongo que quería quedarse más tranquilo. No fue así. Me hizo la ecografía y la cara se le cambió. Tenía una masa tumoral bastante grande en la zona del útero. En ese momento no nos dijo nada más. Los peores pronósticos de lo que podía ser se lo guardó para él. No bastaba que los dijera, su cara lo decía todo y, aunque intentaba tranquilizarnos y decirnos que todo iba a salir bien, que seguramente iba a ser un tumor benigno, la sombra, esa sombra está ahí.

Nunca piensas que te puedes poner enferma, o al menos yo no lo había pensado nunca. El cáncer es bastante frecuente pero nunca se me había pasado por la cabeza. No pienso mucho en la muerte. Solo en los aviones porque me da miedo volar. La noticia me descolocó. No quería pensar mucho pero era inevitable y me rondaba siempre la misma pregunta: ¿y si es hasta dentro de poco? Cuando esa pregunta cruzaba mi cabeza, la apartada de un bofetón mental y se me escapaban las lágrimas.

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Monje de un monasterio Mandalay

Así estábamos todos. Mi padre, mi madre y Silvia. Y mientras tanto las enfermeras y la doctora de la clínica dando ánimos y abrazos. Calor humano. Después de los resultados de la ecografía, nos llevaron a un hospital. Nos pusieron taxi e intérprete y allí me hicieron un escáner para poder confirmar lo que parecía que se veía en la ecografía. Así era. Masa tumoral grande, en la zona del útero.

Después de los trámites, de las pastillas que me dieron para aliviar el dolor y poder aguantar el vuelo que teníamos al día siguiente, pasamos las últimas horas en Myanmar deseando irnos. Llegar a España, a Ávila e ir al hospital a hacerme una resonancia. Horas horribles, entre ánimos, lágrimas e intentando apartar de la cabeza los pensamientos feos.

El final de esta historia tiene un final feliz: al llegar a Ávila y hacerme las pruebas pertinentes los peores pronósticos quedaron descartados. Era una masa tumoral que parecía benigna y tenían que operarme para extirpar. La operación salió bien y todo se quedó en un susto. Un susto horrible. Una despedida amarga de un país que nos encanta y una gente a la que estamos agradecidas. Un país al que queremos volver para devolver el amor que nos dieron.

Esta historia que me pasó nos puede pasar a cualquiera. Estando de viaje las enfermedades y los accidentes también pueden ocurrir cuando menos te lo esperas. Obviamente nadie quiere que le pase nada, pero es algo que no podemos predecir, ya que a nadie le pasa nada, hasta que pasa.

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Niña de Myanmar

Si hay una conclusión que se puede extraer de esta historia, y el motivo de contarla, es que hay que viajar con seguro de viajes. Y lo mejor que te puede pasar cuando contratas un seguro de viaje es no usarlo. Pero no llevarlo puede tener consecuencias fatales, ya sea por temas de logística, por temas económicos o de cualquier otra índole. No hay que ponerse en lo peor, pero siempre es mejor ir prevenido.

Así que esperamos que si estás pensando si contratar o no un seguro de viaje, no lo dudes: viaja siempre con seguro.

 

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